Go to Top

Cataluña y el notariado

 I.- Cataluña, año cero.

 La presencia en el horizonte inmediato de una eventual segregación de Cataluña no puede dejar indiferente. Todos y no sólo los catalanes tenemos un problema. La cuestión catalana y su encaje en España es obvio que excede del ámbito notarial, pero también puede acarrear profundas repercusiones sobre nuestra función, tanto directas como consecuencia de los denominados efectos colaterales. Por ello me atrevo a escribir estas letras y lo hago a conciencia de los riesgos que asumo, pues es una cuestión no sólo candente sino también trascendental y en la que, por supuesto, cabe la discrepancia, pero lo que no me parece admisible es ignorarla.

 Y si bien con absoluta franqueza me inclino a favor de la continuidad de Cataluña en España, a la par respeto la aspiración a la secesión con dos únicas fronteras: la interdicción de recurso a la violencia y su legitimidad jurídica, que debe partir del marco constitucional. Puntualizo que la referencia a la Constitución no es como norma fosilizada e inmutable, sino que puede y quizás deba ser reformada para  que sirva como cobijo a los que hoy prefieren la soledad y la intemperie.

No es ajena a esta encrucijada la tremenda crisis económica y política que asola a España y, por ende, a Cataluña. Es este trance caldo de cultivo para los nacionalismos excluyentes y victimistas (baste recordar que la depresión del 29 supuso la tumba de la República de Weimar) y, sin embargo, creo que históricamente el nacionalismo catalán nunca ha adoptado tales fisonomías. Por tanto, albergo la fundada esperanza de llegar a un renovado compromiso de convivencia (quizás porque en mi memoria permanezca el testimonio del Compromiso de Caspe, que hace más de quinientos años solventó sin sangre un conflicto dinástico de igual o mayor entidad que la Guerra de Secesión que llevó a los Borbones a la corona de España) y, a sus resultas, estas líneas queden inútiles.

 II.- La grandeza del notariado catalán.

 Los notarios de Cataluña, el notariado catalán, no es sólo – que ya es mucho – uno de los pilares vertebrales del notariado español. Es por sí mismo grande: grande por su papel en el desenvolvimiento del derecho civil catalán; grande por su arraigo en el sustrato social; grande por su contribución a la seguridad jurídica y crecimiento económico de Cataluña; grande por acoger a notarios procedentes de los rincones más lejanos de la piel de toro y adoptarlos como propios; grande por su contribución leal y generosa al desarrollo cultural y político de Cataluña; grande, en fin, por tener esencialmente una naturaleza integradora y abierta.

Pues bien, esa dignidad, ganada por el mérito y esfuerzo de generaciones, se constituye en una mayor exigencia de presente y de futuro, especialmente cuando toca afrontar situaciones enormemente complejas y delicadas. Por eso entiendo que el notariado catalán y todos los notarios somos merecedores de un cierto reproche y voy a intentar explicar el por qué.

 III.- El Estatuto de Autonomía de Cataluña y el notariado.

El vigente estatuto catalán creo que no fue especialmente afortunado en el tratamiento del notariado. En su elaboración incluso se barajaron redacciones que atribuían a la Generalitat el ejercicio de la potestad disciplinaria y la resolución de recursos, así como la propiedad de los protocolos notariales. La redacción definitiva eliminó dichos aspectos, pero mantuvo otros no menos preocupantes en su artículo 147: la potestad ejecutiva en materia de convocatoria, administración  y resolución de oposiciones libres y restringidas y de los concursos, y la necesaria acreditación del conocimiento de la lengua y del derecho catalanes; así como el establecimiento de las demarcación notarial en su ámbito territorial.

 En su trámite de elaboración, pese al riesgo de quiebra del cuerpo único de notarios y su fundada sospecha de inconstitucionalidad, fueron sin embargo muy pocas las voces que se alzaron en el notariado catalán y español para anunciar del peligro. Que tenga conocimiento, salvo error involuntario, ni el entonces Consejo General del Notariado ni la Junta Directiva del Colegio de Cataluña, ni siquiera a título individual o colectivo alguno o algunos notarios, fueran o no catalanes, se hicieron oír. Es más, entonces tuve la sensación de que el tema se dejo pasar de tapadillo; tan sólo (reitero salvo error, por el que me disculpo) me consta un editorial y algunos artículos de la Revista “El Notario del Siglo XXI”. Me parece superfluo el reseñar que estoy cierto que confidencialmente se harían todas las gestiones posibles y con la mejor buena fe y  prueba de ello es la diferencia de la redacción inicial a la resultante. Pero ello no es óbice para  que se hurtara un debate esencial para el futuro del notariado y que a uno le quedara una cierta sensación de orfandad corporativa y de allanamiento del notariado catalán.

La sentencia del Tribunal Constitucional 31/2010, de 18 de junio, si bien  no declaró la inconstitucionalidad pretendida del artículo 147, sí acotó su alcance  determinando que las facultades conferidas a Cataluña constituyen competencias ejecutivas, subordinadas en todo caso a las competencias normativas que corresponden al Estado de acuerdo al artículo 149.1.8 de la Constitución.

 IV.- El desarrollo del Estatuto de Cataluña respecto al notariado, ejemplo del “seny” catalán.

De otra parte es evidente que hasta la fecha el desarrollo normativo y su aplicación por la Generalitat (lo que se denomina “seguridad jurídica aplicativa”, tan importante como la propiamente normativa) ha sido prudente, con imperio del tradicional “seny”. Así, a día de hoy, no se ha pretendido convocar oposiciones propias a notarías y se han atemperado cuestiones que se pueden considerar “secundarias” como los concursos (haciéndolos coincidir con los de la DGRN) y el conocimiento de la lengua catalana (permitiendo que el Notario se dote de medios para garantizar el empleo del catalán en las notarías y los instrumentos públicos a todos los usuarios, sin imponerle al mismo un deber del conocimiento de la lengua).

Sin embargo, creo que es notorio que hay un desapego del notariado en general respecto de Cataluña, sobre todo de las últimas promociones. El inmenso número de vacantes de los concursos de Cataluña es testimonio de ello, aunque también ha contribuido a ello la galopante crisis económica.

 V.- El proceso “soberanista” y el notariado.

La inmersión de las instituciones políticas de Cataluña en un camino de desmembración respecto de España abre unas perspectivas hasta hace poco insospechadas para el notariado.

Hoy no es increíble, aunque sí improbable, que la eventual independencia de Cataluña conduzca necesariamente a la escisión del notariado español. Y es evidente que somos espectadores de cómo se “fuerza” el ordenamiento jurídico más primario, el constitucional  y estatutario, para recorrer un camino de difícil retorno.

 Pues bien, a lo largo de este suceder, me pasma que ni el notariado en general ni el notariado catalán hayan “dicho ni mu”. Que el silencio haya sido la respuesta del Consejo General del Notariado, de la Junta Directiva de Cataluña, de los notarios en Cataluña y fuera de ella. Como notario, entiendo que la vida y el derecho no son compartimentos estancos, sino que coinciden en el devenir de las personas, de las empresas, de las instituciones, de nosotros mismos.

Y, sin embargo, el mutismo es la respuesta, sin que al silencio pueda en este caso constituir un grito, porque sólo habla  el silencio cuando es “visible” y me parece que no estamos en ese caso. En la excelente  película “El silencio de los corderos”, la agente Starling nunca dejó de recordar que los corderos sólo dejaban de chillar después de su sacrificio; admito como exagerada la comparación, pero ¿realmente podemos asistir al posible fraccionamiento del notariado español  sin al menos dejar una palabra escrita o pronunciar unas frases?

 Pues bien, que yo sepa -ojalá me equivoque- hasta ahora ni el Decano de Cataluña ni su Junta Directiva han dicho ni pío. Y eso a pesar que -según consta en la hemeroteca de la revista “El notariado del Siglo XXI”- Joan Carles Ollé propugnaba que su candidatura ejercería “un liderazgo para la mejor coordinación de las competencias autonómicas en materia notarial, dentro de la defensa de la unidad del cuerpo y del más pleno respeto a lo que determinen los Estatutos vigentes y resuelva el Tribunal Constitucional”.

Que yo sepa -ojalá  me equivoque-  ni el Consejo General de Notariado, ni  ninguno de los Decanos han abierto la boca. Y eso que la separación supondría una pérdida irreparable para el notariado español, además -y esto es absolutamente secundario-  de encontrarnos en la otra ribera del Ebro con un paraíso fiscal al margen de ANCERT, la normativa de blanqueo y demás elementos que hoy se consideran vitales para nuestra subsistencia.

Que yo sepa -ojalá me equivoque- ningún notario ha salido a la palestra para defender que tanto la seguridad jurídica como la economía quedarán indefensas al día siguiente que se proclame la independencia, porque el sistema financiero y económico se resquebrajará: cómo  quedarán “La Caixa” y “Banco Sabadell” en el resto de España; cómo las entidades financieras “españolas” en Cataluña; cómo las empresas en cada Estado? Hasta pienso que los “macros” deberían decir algo.

 Probablemente la causa del silencio esté, además de en la suicida indiferencia, en el miedo, como refleja la siguiente frase de Albert Boadella: “La democracia y el nacionalismo son cosas, en el caso de Cataluña, incompatibles. Se vive bien en Cataluña, la gente es amable, aunque no demasiado, y uno puede vivir muy bien siempre que no se enfrente al régimen, como con Franco; y si uno se coloca en medio, la respuesta del régimen no es tan grave como en la dictadura, pero puede sufrir consecuencias en el ámbito profesional, una especie de muerte civil”.

 VI.- Epílogo.

Acabo y quiero terminar como empecé, con el deseo de que estas líneas queden en meras reflexiones especulativas y que seamos capaces de poner de nuestra parte para tender nuevos puentes en el Ebro que salven los obstáculos del hoy y hagan España más habitable para todos mañana.

Compartir:
FacebookTwitterGoogle+LinkedIn

About Javier Máximo Juárez González

Notario de Valencia

5 Responses to "Cataluña y el notariado"

  • IÑIGO ROMERO DE BUSTILLO
    11 septiembre, 2014 - 10:11 Reply

    Estimat company:
            He estat Notari de Barcelona-Sant Andreu i puc subscriure punt per punt tot el que escrius sobre el Notariat Catalán.Su preparació i professionalitat i sobre la vida a Catalunya per als residents d’altres zones de Espanya.-
    Subscric igualment teva denúncia i ratifico el teu article acabant amb un fet que potser mai passi. “EL Silenci dels Bens” i el desmembrament del Notariat Espanyol i català.-
    Déu vulgui que mai passi. I la Mare de Déu, la Verge de Montserrat, Patrona de Catalunya ho impedeixin. I perdó per aquestes apel · lacions però no se m’ocorren altres més profundes perquè el “procés”, certament, no s’acaba ja amb conculta si o no i vá molt més enllà però tampoc molt menys aquí: Jo espero i desitjo que s’imposi el “seny “i l’acord sobre la base d’un perfecte encaix de Catalunya basat en una unitat solidària, un autodependència política integral i una gestió pròpia dels recursos econòmics sobre la base d’un Nou Pacte Constitucional.-

  • Luis Bustillo
    11 septiembre, 2014 - 10:30 Reply

    De algún modo creo que de la reflexión que se hace en este post a propósito de la “segregación sin licencia” de Cataluña puede inferirse una pregunta más general: ¿cuál es la actitud que el Notariado como institución debe adoptar, en el debate público, acerca de los temas que le afectan o afectan a la función que está llamado a desempeñar?¿debe permanecer callado, o ejercer un papel activo en las discusiones del foro, participar en la política, no como actor del juego político sino en el sentido más amplio de participación ciudadana como institución colectiva que encarna unas funciones públicas determinadas?
    Así se plantearía esta cuestión, o hubiera debido plantearse,en relación con los excesos cometidos en el ámbito de la contratación bancaria y financiera. Como observador privilegiado del fenómeno ¿no debiera la institución de haberse pronunciado públicamente, ejerciendo además la autoridad moral de la que está investida-o así quiero creerlo-para, en su caso denunciar comportamientos y actividades y pedir su corrección, alertando de las consecuencias?¿debe el Notariado, sin perjuicio de su obligación de acatar los mandatos legales, adoptar una posición pública crítica con los excesos del “big data”, la acumulación de datos por la Administración, y aún por las entidades financieras (amparadas por el Estado) que afecta a la libertad civil y a los derechos fundamentales. O si debe manifestarse ( o debió hacerlo) en relación con los efectos perniciosos derivados de ciertas configuraciones de la legislación urbanística.
    Esto se conecta con el tema de la posición relativa que el Notariado, como institución, ha de ocupar entre el Estado y la sociedad, y en el planteamiento de la función reequilibradora del Notariado desde un punto de vista colectivo. Con la sublimación en lo colectivo de la función individual que desempeña cada notario. En otras palabras ¿debemos ser en el foro, y en cuanto sujeto colectivo, también, Notarios?

    • Harto
      12 septiembre, 2014 - 13:23 Reply

      Luis, la respuesta a lo que planteas es no. ¿Enfrentarnos a los bancos o a la Administración? ¿En qué cabeza cabe? Los notarios como institución tenemos que estar callados, quietecitos y no hacer olas. Como sublimación en lo colectivo de la actitud individual que tomamos en el plano corporativo, en que también estamos callados, quietecitos, sin significarnos ni buscarnos problemas. Así nos va.

  • Pablo FP-C
    11 septiembre, 2014 - 14:57 Reply

    Buenas, Javier:
    Si vieses cómo nos enseñaban, allá por el año 1988, en Gerona, lo del “Compromis de Casp” en clase de Historia, entenderías plena y lógicamente cómo hemos llegado al punto en el que nos encontramos. Son ya más de treinta años de adoctrinamiento vulgar y soez, sin el más mínimo “rubor” histórico. Y con el beneplácito del “govern central”…
    Por cierto, y para que no puedas decir en su día que ningún notario lo advirtió, en Valencia, después de dos años ejerciendo en un pueblo y con hijos en edad escolar… Me volví a “sentir” como en Cataluña, sólo que con treinta años de retraso…
    La crisis económica solo ha agudizado y acelerado un proceso pancatalanista perfectamente diseñado desde hace tiempo.
    Un fuerte abrazo!

  • GUILLERMO COLOMER
    13 septiembre, 2014 - 13:42 Reply

    Comparto tu preocupación, Javier, aunque no del todo tus esperanzas. Seguramente porque mi diagnóstico de la situación es algo diferente. Ejercí más de trece años en Cataluña (hasta 2011) y veía venir el problema. Para cualquiera que lo quisiera ver, resultaba más o menos predecible que a medio plazo la secesión de Cataluña estaría lista para ser servida. Lo que me ha sorprendido es la rapidez con la que se han precipitado los acontecimientos; yo lo esperaba más tarde y de otra manera. Me parecía palmario que la generación de nuestros hijos sería incapaz de entenderse, por pura desafección, por pura pereza mutua y por un simple problema de comprensión lingüística, dando lugar así a una situación muy parecida a la de Bélgica, donde la unidad pende de un simple acuerdo económico o una crisis de la Corona. Al igual que la parte francófona en Bélgica, la España castellanohablante no ha hecho jamás el más mínimo esfuerzo lingüístico por la comprensión del catalán, y la parte dominante de la sociedad catalana está empezando a descuidar en sus hijos el esfuerzo por el castellano, esfuerzo sobre cuya base había descansado secularmente la posibilidad de entendimiento mutuo. ¿Tanto costaba introducir en el sistema educativo las otras lenguas de España, aunque fuera a un nivel muy básico de comprensión oral?

    Con esto no pretendo justificar nada, simplemente advertir que los esfuerzos, cuando el equilibrio es frágil, no pueden recaer siempre en la misma parte. Y lo mismo en materia de inversiones, infraestructuras y financiación, y el diseño fiscal territorial, ese tema que España tiene tan mal resuelto. Si a esto añadimos una temperatura emocional elevada, y las soberbias y exageraciones de siempre, el drama -como dijo aquél- está servido. Así que no me sorprende el proceso secesionista, porque se venía gestando de largo y no se ha hecho nada por desactivarlo desde ninguno de sus dos lados. Lo que sí me sorprende y me preocupa muchísimo es su velocidad y sus formas, tan multitudinarias, tan organizadas, tan llamativas. Francamente, lo esperaba de otra manera. Seguramente la crisis ha actuado de catalizador. Y no menos las tecnologías de la comunicación, las redes sociales por donde está haciendo agua la democracia representativa, al escapársele a los partidos el control sobre la información. Basta ver que los líderes del movimiento independentista no son políticos, sino más bien gente poco cualificada surgida de lo más hondo de la sociedad civil y el periodismo digital. Las élites han perdido el control.

    Me temo, pues, que cometemos un grave error si no sabemos ver que estamos ante un fenómeno político de masas, de dimensiones históricas, y que su enfoque exclusivamente jurídico está condenado a fracasar. El Derecho es la cristalización de la política, no al revés. La política, por lo tanto, es la que mueve al Derecho e incluso salta por encima de él si la corriente histórica es muy fuerte y el derecho vigente se resiste a ser modificado. Por lo tanto, los enfoques escrupulosamente jurídico-constitucionales no desatascan el problema, más bien lo alimentan. Pretender resolver esta crisis desbordada socialmente con la Constitución vigente -o, peor aún, con el Código penal- es sencillamente ilusorio. No se podrá. No sin una reforma constitucional y un gran pacto. Es la política la que ahora debe estar a la altura, la política con mayúsculas, la gran política. Y mucha atención si no lo está, no nos olvidemos entonces de la advertencia del famoso militar prusiano Carl von Clausewitz: “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, que siempre me pareció lúcida aunque tal vez mal formulada; pienso que es más bien al revés: la política es en realidad “la continuación de la guerra por otros medios”. Porque en el origen estuvo la guerra, el principio fue la violencia, la fuerza; y la política vino después a domesticarla y cristalizó sus pactos en el Derecho. Por eso cuando fracasa la política la violencia no estalla, simplemente reaparece. La fuerza vuelve del estadio primitivo de la humanidad a ocupar el lugar vacío del pacto social. Lo acabamos de ver en Ucrania.

    ¿Y qué puede hacer el notariado en mitad de esta vorágine histórica, preocupado por su unidad? Pues sencillamente muy poco. Quizá a nivel corporativo coadyuvar a que los poderes públicos caminen por la senda del pacto, recordar que el notariado español ha aportado a Cataluña activos humanos muy valiosos que han fortalecido su sociedad civil y han afianzado su economía, y a nivel individual expresar cada uno sus opiniones y sus deseos. Los míos, sobra decirlo, están porque triunfen el acuerdo y el acierto -el renombrado seny, o el trellat, como decimos en Valencia- y no me desgajen del país el lugar donde pasé algunos de los mejores años de mi vida. El lugar donde fui notario.

    Y, por cierto, no simplifiquemos el Compromiso de Caspe. Ni olvidemos que fue precedido y seguido de guerras civiles. La principal diferencia con la Guerra de Sucesión fue la menor implicación internacional y que el régimen foral de la Corona de Aragón no fue en ningún momento cuestionado. Quizá la lección histórica radique en esto último, más aún que en el hecho de que la solución fuera un pacto y una sentencia arbitral. Que también.

    Buen fin de semana.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *