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El decálogo del macro

Joaquín Costa describía en 1893 las prácticas de los que denominaba “notarios alforjeros”, “ubiquistas” o “polimorfos” en los siguientes términos: “¿quién es tu enemigo? el de tu oficio, dice el refrán; pero el panadero, el albañil, el médico, no hacen a los de su oficio una guerra tan desleal, tan cruel y tan degradante como la que el notario hace al notario… se desacreditarán unos a otros los notarios; rondarán las casas de los moribundos, como los heredípetas de la antigua roma; pregonarán rebajas en las ferias para su mercancía como histriones; ofrecerán premios y participaciones; harán corro en los casinos; fingirán piedad en las sacristías; diputarán ganchos; relajarán el rigor de los reglamentos”.

José González Palomino hablaba en 1948 de los “industriales del notariado”, refiriéndose al notario “limosneador de asuntos, pordiosero de trabajo, pescador con ganchos, ofrecedor de comisiones” que se conduce como un “mercachifle vocinglero que persigue a los parroquianos por plazas y calles” poniéndose “a la altura de los sacamuelas”.

Hoy acostumbra a hablarse, de manera más aséptica, de los “macronotarios” o “macros”. Con este término se alude a aquel notario que asume un volumen de trabajo tal que no resulta verosímil que pueda atenderlo cumpliendo debidamente con los deberes propios de la función; trabajo, además, que capta mediante prácticas y connivencias con los proveedores de tal documentación que vulneran los principios deontológicos y la normativa reguladora de la actuación notarial y comprometen su independencia frente a los mismos.

Si bien esta patología de los “macros” se ha dado en todas las épocas, y si bien la “picaresca profesional” sigue presentando hoy distintas variantes (y grados de cutrez), en los últimos veinticinco años se ha producido un salto, cualitativo y cuantitativo, en esta cuestión: primero, con la liberalización del crédito hipotecario, la entrada masiva de la banca privada en el sector y la supresión turno de reparto de las escrituras de las entidades oficiales de crédito y las cajas de ahorros; a continuación, con las diversas medidas adoptadas por los Gobiernos del Partido Popular a finales de los noventa, y la intensificación de la competencia que las mismas conllevaron; y finalmente, con la actual crisis económica, que paradójicamente ha venido a intensificar aún más los procesos de concentración de firmas en determinados despachos notariales, porque las entidades financieras han pasado a controlar o a asumir directamente un muy importante volumen de operaciones inmobiliarias, que asimismo canalizan a través de sus “circuitos” o “ruedas” de formalización de documentos.

Se ha destacado cómo los principios de libre elección de notario por el cliente y de imparcialidad del notario se encuentran estrechamente relacionados, siendo la libre elección presupuesto básico de la imparcialidad del notario y una manera eficaz de preservar su independencia. Pero eso es así, claro está, cuando realmente se da esa libre elección. Y es que la actuación notarial en régimen de competencia (que idealmente debería consistir en la excelencia del servicio que se preste, de modo que el notario forme su clientela “con los méritos funcionales que el modelo notarial latino quiso poner en competencia entre competentes”) requiere la adopción de medidas, preventivas y disciplinarias, que garanticen el respeto a la libre elección y la licitud de esa competencia. Como dice González Palomino, “la libertad del público, cuando es libertad, es el mejor estímulo para la perfección y superación del trabajo de cada uno de nosotros. Mas cuando esa libertad se elimina o disminuye por el empleo de medios incorrectos, la posición del notario se rebaja al plano de una competencia… mercantil”.

Cuando el banco, o el gran promotor, o la gran gestoría, de pronto aparecen y ofrecen a un notario que autorice sus miles de escrituras, ¿lo hacen atraídos por la solvencia jurídica y el rigor de ese notario? ¿Por su celo en prestar un asesoramiento equilibrador? ¿No es más plausible que lo que valoren esas entidades sean otras características, como la ductilidad y la fluidez del notario? Cuando la notaría se convierte en “una simple fábrica adocenada de títulos”, el notario no es sino una pieza más en una estructura impersonal.

¿De qué medios se valen los “macros” para conseguir esos grandes clientes? Demos la palabra a nuestro Consejo General del Notariado, que en el Código de Deontología Notarial aprobado en 2014 nos dice que “se consideran conductas reprobables que impiden el efectivo derecho de elección de notario, sobre todo en los aspectos de la contratación en masa y específicamente en relación a las entidades de crédito y a los consumidores, la colaboración o mera aquiescencia del notario en las siguientes:… – (la utilización de) procedimientos de selección de los notarios que pueden actuar en razón de circunstancias ajenas a su competencia y profesionalidad, tales como el mantenimiento de determinadas vinculaciones con las entidades de crédito como consecuencia de relaciones del notario como cliente de la entidad de crédito”; y que “serán conductas reprobables, en relación con la aplicación del arancel notarial, las siguientes: – La dispensa parcial de los derechos arancelarios – El retorno o entrega de parte de los derechos arancelarios a alguno de los otorgantes o la retribución de algún intermediario por medio de comisiones o pago a terceros. – La contratación con otorgantes profesionales o intermediarios relacionados con la autorización de documentos, de la prestación de servicios profesionales retribuidos, cuando dicha contratación constituya condición para asegurarse la autorización o intervención de los mismos”.

Por ejemplo: la sociedad filial del banco, titular de su cartera de inmuebles, anuncia al notario la venta con financiación a lo largo de los meses sucesivos de mil viviendas, y le ofrece la posibilidad de autorizar las correspondientes mil escrituras de compraventa y las otras tantas consecutivas de hipoteca. Pero para ello será preciso que el notario se comprometa a realizar un “retorno” de un treinta por ciento de los honorarios que le reporten tales autorizaciones. O Por ejemplo: el banco exige al notario para “homologarlo” que éste deposite en la entidad un determinado importe (que suele ser de seis cifras); y si el notario no dispone de ese importe, el mismo banco previamente se lo presta (o incluso, no basta con que deposite el dinero, sino que debe invertirlo en los productos financieros que el banco le presente).

Pero vamos ya con el decálogo del macro que da título a este post. Porque no faltan, claro está, los argumentos con los que los macronotarios tratan de relativizar y justificar su manera de proceder. El más habitual (y que encabeza por ello el decálogo) es el de lo difícil que resulta delimitar la figura. ¿A partir de qué número de escrituras autorizadas por año se convierte uno en un macro? A ello cabe contestar que con los macronotarios pasa como con la pornografía: puede ser difícil precisar el punto en que lo meramente sugerente, o sicalíptico, se convierte en pornográfico, pero todo el mundo sabe cuándo lo que tiene delante es pornografía. Y de igual manera, todo el mundo sabe quiénes son los macronotarios de cada plaza, empezando por el público.

Por otra parte, y como se ha apuntado, las leyes de la física, que miden el tiempo y el esfuerzo, marcan un límite a los documentos que se pueden autorizar por un notario, presuponiendo un ejercicio mínimamente correcto de la función. Señala Juan José López Burniol que los supuestos en que no ocurre así son perfectamente objetivables, dado que “resulta en ocasiones de todo punto imposible la prestación física de la función, salvo casos de una hipotética transubstanciación notarial, que atribuyese al afortunado beneficiario el don de la ubicuidad”. Es ilustrativo el caso objeto de la Resolución de la Dirección General de los Registros y del Notariado de tres de noviembre 2005: se abrió expediente disciplinario contra un notario, resultando, entre otros hechos probados, la “excesiva acumulación de instrumentos protocolares” (el notario en cuestión había llegado a autorizar nueve mil instrumentos en un año) que la Dirección General considera constitutivo de una infracción muy grave. Decía el instructor del expediente que “calculando una lectura apresurada, no menos de un minuto se tarda en leer las dos caras de cada folio. Ello, teniendo en cuenta que cada instrumento tiene una media de entre once y doce folios, hace un mínimo de doce minutos por escritura para una rápida lectura. Pero el notario tiene más obligaciones: ha de atender las preguntas de los clientes, asegurarse de su identidad, aclararles sus dudas, cuidar de su propia formación jurídica, formar a sus empleados, firmar las copias auténticas de las escrituras, comprobación de cargas y titularidades, redactar algunos instrumentos o partes de ellos especialmente complicados, saludar y despedir a los clientes, atender el teléfono, resolver las consultas previas y posteriores de los usuarios que a él acudan, firma electrónica de partes, repaso y firma de toda clase de índices obligados, supervisión y control, aunque sea mínimo, de la faceta económica del despacho, etcétera. Todo ello eleva el tiempo de dedicación a la notaría por encima de los dichos doce minutos por escritura. Por tanto, no menos de un cuarto de hora requiere cada escritura del notario como mínimo, que aún así nos parecen pocos, pero vaya en beneficio del notario. En los días de firma de cincuenta escrituras necesitaría doce horas y media; en los de sesenta escrituras necesitaría quince horas; en los de setenta, diecisiete horas y media; en los de ochenta, veinte horas; en los de noventa, veintidós horas y media; en los de cien o más, ya no tiene horas el día para atender su función con arreglo a las leyes y reglamentos… El necesario apresuramiento del inculpado, por el volumen de escrituras, en la prestación de su función, hace llegar a la conclusión de que (ni tan siquiera) cumplía con la obligación de leer el documento que le impone la legislación notarial” (y téngase en cuenta que la labor de “repaso y firma de toda clase de índices obligados” se ha incrementado de manera exponencial en los últimos diez años, gracias a ANCERT y a la acromegalia de nuestro Indice Unico).

Pues bien, ese discurso justificativo de los macros puede condensarse en los siguientes diez puntos:

I.- ¿Quién define lo que es un macronotario? ¿En qué número preciso de escrituras autorizadas por año pasa uno a ser un incumplidor de sus obligaciones? ¿Es peor notario el que firma seis mil escrituras al año trabajando todos los días diez horas, o el que firma mil quinientas escrituras trabajando sólo dos mañanas a la semana?

II.- Yo soy muy notario, me debo a esta profesión tan ilusionante, tan gratificante, tan volcada en la gente.

III.- Lo que pasa es que yo doy muy buen servicio. Tengo una buena organización y una gran capacidad de trabajo. Todo ello, a costa de muchos sacrificios personales y de renunciar a muchas cosas.

IV.- Yo respondo a las actuales necesidades del tráfico y a las exigencias de los grandes operadores, y estoy salvando la cara al notariado, no como vosotros, con vuestros miramientos y melindres decimonónicos.

V.- No seamos soberbios, no vivamos en nuestra torre de marfil, acompasémonos a los tiempos.

VI.- Yo soy muy independiente, no tengo servidumbres ni dependencias de planteamientos corporativistas.

VII.- Ojito con las medidas desincentivadoras de la competencia a ver si nos va a salir el tiro por la culata.

VIII.- Lo que pasa es que se me tiene envidia.

IX.- En realidad, y pese a lo que pueda parecer, me va mal.

X.- Aquí todos somos compañeros. No se denuncia a un compañero.

Por supuesto que el de los macros no es un grupo homogéneo y, junto a quienes esgriman estos argumentos por puro cinismo, tampoco faltarán los que, teniendo una numeración anual relativamente menos obscena que la de aquellos, los empleen como un mecanismo psicológico de autojustificación para no tener que asumir lo que realmente son.

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13 Responses to "El decálogo del macro"

  • NOTARIO RASO
    18 abril, 2015 - 11:10 Reply

    Realmente me sorprende que no haya comentarios a esta entrada. Quizás sea como en las pistas de baile que uno debe de romper el hielo, para que los demás se animen.

    En primer lugar, quiero felicitar a Fernando por su valentía de afrontar problemas, que siempre resultan incómodos, pero que de ninguna manera deben de quedar aparcados, como otros muchos. Es todo lo contrario, debe de resolverse este problema, porque está en juego, la profesión, en la que sigo creyendo, y que mi día a día me sigue corroborando su validez, siempre y cuando se ejercite con unos parámetros de honradez.

    Me gustaría que algún notario de los que firman 15000 escrituras, y no sabemos si pólizas aparte, nos ilustre de como se hace. Yo tengo mis ideas, pero como no quiero ser malpensado, si me gustaría que se explicase/n.

    ¿Desde cuando se convierte uno en macro-notario? Pues a mi entender depende de cada plaza, y en este punto quiero poner sobre la mesa de que Madrid y Barcelona, son dos mundos aparte. Creo que el concepto debe de valorarse en función de la desviación respecto a la media de la documentación de la plaza o zona, o ámbito geográfico de influencia, en que pueda haber otras notarias. Lo esencial, no es cuanto se firma, sino cómo se firma y porqué medios llega la documentación a la Notaría.

    Hace unos meses un familiar metido en el ámbito de la cosa pública, y que le pasan muy cercanos los episodios de corrupción que están en la prensa día sí y otro también, me decía ¿en las notarías hay corrupción?. Efectivamente que la hay le contesté, solo que se desarrolla de otras maneras, y se ajusta a las peculiaridades de la profesión.

    La corrupción notarial está en la alteración del mecanismo de contratación del servicio notarial. Existe teóricamente una libre elección que se ha convertido en una libre imposición. ¿Hay alguna diferencia entre el reproche moral que puede suponer la alteración de un concurso público, con la alteración de las reglas de distribución del trabajo notarial?. A mi entender es lo mismo. Por otro lado el cómo se consigue, a veces es cómico, pero otras veces es delictivo.

    Se suele decir que son solo unos pocos, pero siguiendo la comparación con los concursos públicos, es como si se dice que solo cuatro empresas sobornan, pero si estas acaparan el 100% de los concursos, toda la contratación estaría viciada.

    ¿Se pueden hacer cosas?, claro que sí. Para algo más de lo que se usan están los índices, pero sobre todo debe de replantearse la definición de competencia notarial, y si ésta es realmente posible.

    Prefiero no alargarme y tiendo el guante a que más gente se anime a hablar.

  • uno
    18 abril, 2015 - 11:28 Reply

    ¿Una solución sería que la Notaría se cierre el resto del año, cuando alcance determinados números y los clientes vayan donde no quieren ir por las razones que sean? Que se vote, pero, por favor, sin poner el nombre y apellidos en el sobre, los que lo hacen por correo

    • otro
      19 abril, 2015 - 14:33 Reply

      ¿Y qué pasa con los clientes que van donde no quieren ir porque el banco les obliga? El día en que haya verdadera libertad de elección, tu argumento tendrá algún peso.

  • Notari II
    19 abril, 2015 - 10:13 Reply

    Pues naturalmente que hay corrupción corporativa, y no sólo en la alteración de las reglas de oferta y demanda de los servicios notariales: esta página web está, entre otros logros, sirviendo para señalar corruptelas. Las fórmulas de corrección no parecen fáciles, suponiendo que haya voluntad institucional para acotarlas y eliminarlas, más allá de reuniones rimbombantes con aprobación de textos asimilables a castizos brindis al sol. Pero resulta de todo punto imposible cuando aquellos presuntos infractores, y renombradas infractoras, de la ética profesional más elemental, por no ahondar en el concepto, cuentan con la simpatía de los órganos destinados a la corrección corporativa que miran hacia otro lado o, ya pasa, los/las halagan con gestiones de asuntos varios.

  • IÑIGO ROMERO DE BUSTILLO
    19 abril, 2015 - 11:58 Reply

    Las formulas de autocorreción o heterocorreciòn del pseudonotario empresario han sido mùltiples e ineficaces desde tiempos ha.
    La Joaquín Costa a la que me honro haber pertenecido y que in pectore sigo perteneciendo tenìa la lucha contra esa deformación entre sus razones más fundamentales de existencia.
    El desafortunado crecimiento basado en el ladrillazo y la contratación en masa han sido un obstáculo más en la autocorrecion.Quizás por eso de que el hambre agudiza el ingenio y la amenaza de laminaciòn/eliminación pura y simple por el lobby registral amparado en la mayoría absoluta y el control del BOE nos latiguee la dignidad y espolee el Quijote que todos llevamos dentro y cuál Otumba logremos que el Notariado vuelva a ocupar un lugar al sol.
    Cuándo en las próximas elecciones generales el lobby dicho y la BRS pierdan la mayoría absoluta el Notariado en su conjunto deberá tomar Nota y atarse los machos aunque conociendo su tradicional unidad habrà que poner en cuarentena la anterior afirmación.Las jòvenes generaciones de Notarios puede que sepan batirse mejor que nosotroslas anteriores.

  • vigia
    19 abril, 2015 - 12:49 Reply

    Como casi siempre el peor enemigo es nuestro auto proclamado compañero que estaría dispuesto a todo por nosotros, especialmente a quedarse con toda nuestra numeración, sea poca o mucha, a quien nada importan los clientes, salvo para cobrarles las pertinentes minutas, claro.
    Uno de los principios fundamentales del notariado latino, se ha reiterado siempre, es la libre elección por el cliente. Pues bien, siendo un principio tan fundamental no se hace nada desde nuestros órganos rectores por su salvaguarda. ¿De qué libre elección se nos está hablando, cuando es bien sabido que, especialmente, desde los bancos la documentación va teledirigida a concretos despachos? También se podría hablar de determinados constructores o de gestorías que desempeñan ese mismo papel de ser ellos quienes fijan el despacho de firma cuando son sus clientes los que van a pagar y, por tanto, los que tienen el verdadero derecho de elección.
    Se nos miente cuando se nos dice que no se puede hacer nada para corregir esa práctica corrupta a la que se califica como desviación cuando en realidad los casos en que se respeta la libre elección por el cliente son minoritarios.
    Sí hay medidas. De momento lanzo una:
    Los bancos han demostrado que no tienen interés en que sus documentos se firmen más que con determinados “compañeros”. Quizás sea por que son los que mejor informan a los clientes bancarios de cuáles son sus derechos; como un “compañero” que informa adecuadamente a todos sus clientes limitándose, cuando entran en su despacho a preguntarles si está todo claro, sin haber leído ni explicado ni informado nada de nada. ¿Que no lo saben desde su Junta Directiva? ¡Venga ya!
    Mi propuesta: Toda la documentación bancaria deberá ser escrupulosamente turnada.
    Y si se dice que no es posible con la actual legislación, que se promuevan las medidas oportunas para la consiguiente reforma que la haga posible. Desde la protección al consumidor, no tengáis dudas, seremos apoyados para que los clientes bancarios puedan recibir esa protección que ahora sólo encuentran en los despachos minoritarios. Y nos apoyarán no porque importe la situación en que podamos encontrarnos nosotros, sino porque es éste el único cauce para que los consumidores y usuarios puedan encontrar un eficaz amparo en la oficina notarial.
    Pero si tenemos que esperar a que este Consejo, con su Presidente, con su Consejero Delegado de Ancert, se preocupen por estos asuntos…Ellos están para los asuntos verdaderamente trascendentes.
    El único problema es que para mí la trascendencia es otra. ¡Debemos exigir que las medidas sean tomadas, por nosotros y por los intereses de las personas a las que debemos amparar!

  • Paulista
    19 abril, 2015 - 19:11 Reply

    Seria un parche pero si en los documentos en los que paga el cliente del banco (hipotecas,cartas de pago, pólizas etc) por obligación se incluyera una cláusula donde constase que debidamente advertido de su derecho a elección de notario, el cliente libremente había escogido al notario autorizante, algo arreglaría

  • JOSE-JAVIER CUEVAS CASTAÑO
    21 abril, 2015 - 11:18 Reply

    ¿Y si en todos los documentos fuese reglamentariamente obligatorio – aunque con trascendencia disciplinaria pero no sustantiva- la consignación de la hora en los índices?.

    ¿ Y si el artículo 193 del Reglamento notarial dijese “y de haberles permitido que la lean” en vez de “o de haberles permitido que la lean?.

    Uniendo ambas medidas, un cronómetro y una Junta Directiva diligente y beligerante se eliminaría gran parte del problema ( aunque, a lo peor, se incrementaría en paralelo el colapso de los juzgados)

  • SEUDONIMO
    21 abril, 2015 - 16:35 Reply

    Enhorabuena al autor por poner el dedo en la llaga !y de qué forma! Poco falta para que veamos a los notarios-zurupetos pegando en las farolas su anuncio de “notario económico a domicilio” con los consabidos faldones ondeando al aire el teléfono correspondiente. Casualmente me doy cuenta que los tales fedatarios son además los mejores especialistas en rectificaciones y subsanaciones, pero EN CADENA, porque para dejar pasable la escritura originaria, no basta solo una de éstas. La causa debe ser que entre tales protocolos, el montón que manejan de empleados y de comisionistas, mas el tiempo destinado a relaciones públicas en las barras y restaurantes, no queda un hueco para estar al día.
    En cuanto a los remedios que alguno apunta, como toda barrera externa me parecen frágiles; si no hay principios éticos, no hay remedio.

  • notario
    21 abril, 2015 - 19:44 Reply

    Se supone que en la jornada de La Palma se han tratado todas estas cuestiones de deontología y disciplina. Por el resumen que aparece en el último número de Escritura Pública

    http://www.notariado.org/infodir/E.P./ultimo/index.html#24

    parece que todo ha sido muy bonito pero muy abstracto. Coincido con José Javier Cuevas en que necesitamos unas Juntas Directivas y un Consejo diligentes y beligerantes. Pero no es lo que tenemos.

  • IÑIGO ROMERO DE BUSTILLO
    21 abril, 2015 - 20:09 Reply

    Ni los tendremos.Estàn en otras cosas….

  • Gonzalo Díaz Granda
    4 mayo, 2015 - 09:25 Reply

    Me lo resumió un compañero que guió mi inicio profesional. Le expresaba mi espanto ante la miserable competencia que recibía en mi ya de por sí enteca notaría (¿Dónde me he metido yo?): Tabellio tabellioni lupus. Más de cuarenta años de profesión la han avalado. Y tras la jubilación ha venido la dolorosa confirmación con el kafkiano espectáculo de la Mutualidad Notarial, algo deprimente. Al lado de ello es justo decir que he encontrado excelentes compañeros. No quiero sin dejar de mencionar al último y recientísimo. Tras autorizar en Pola de Lena unas escrituras en que interveníamos, representados, los cinco hermanos, al cabo de un año vino el notario en conocimiento (cuando pedí el desglose de gastos) de que yo había sido notario y procedió a remitirme su importe íntegro, sin la más mínima deducción ni por iva ni por nada.

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