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Las Leyes del Castillo

Dice Carles Casajuana, diplomático de profesión (y durante una etapa, también asesor del Gobierno), en el prólogo a su libro recientemente publicado “Las Leyes del Castillo”, que la proximidad del poder siempre le ha apasionado, intrigado y desconcertado. Y por ello, en el día a día de su trabajo ha ido tomando notas, recogiendo citas y reflexiones personales “sobre el poder y su ecología, sobre el medio en que se ejerce y la fauna y flora que proliferan en él” para relativizar y no perder de vista la nimiedad de sus cuitas diarias. Y en esas notas está el origen del libro.

Casajuana habla del Poder de verdad, con mayúscula, el que detentaban los jefes de Estado, presidentes, ministros y grandes empresarios a los que ha tratado y visto actuar. De ahí que el tema, además de intrigarle y desconcertarle, le apasione.

Porque si descendemos algunos peldaños y bajamos al poder con minúscula, el apasionamiento se esfuma, y queda el desconcierto (y si acaso, la curiosidad). La lucha por la presidencia de Estados Unidos entre Kennedy y Nixon en 1960, en la cúspide del “siglo americano”, puede resultar apasionante. La lucha por la presidencia de una comunidad de vecinos (he podido presenciar alguna que otra, requerido para levantar actas de las juntas de propietarios) tan sólo desconcierta.

Y creo que muchos coincidirán conmigo en que las pugnas por el poder que desde hace años vienen librándose en el seno del Consejo General del Notariado desconciertan e intrigan, más que apasionan (a los que las presenciamos como espectadores, se entiende: sus protagonistas seguro que las viven intensamente). Somos una corporación de profesionales cualificados, relativamente poco numerosa y relativamente homogénea; y nuestro presidente debería ser un mero primus inter pares (y no digamos ya nuestros decanos, existiendo Colegios Notariales que sólo tienen setenta, cuarenta e incluso veintidós colegiados). Pero muestra de que su autopercepción no parece ser esa es el que uno de los últimos presidentes considerase conveniente declarar que “soy un notario como cualquiera de vosotros”. ¿Qué, si no?

Me he ocupado ya de estas cuestiones al tratar de la, por el momento, antepenúltima crisis habida en el Consejo -la de octubre de 2013- en un artículo que puede verse aquí. Y aprovecho la lectura del libro de Carles Casajuana para incidir sobre el tema, destacando algunos párrafos que quizá puedan resultar ilustrativos respecto a las desconcertantes luchas en el seno de nuestros órganos corporativos.

“El poder eleva, enaltece, se ejerce a una distancia considerable del suelo en el que se llevan a cabo las actividades comunes. Por ello los que lo desempeñan raramente dejan de sentir alguna forma de vértigo. El sustrato básico de ese sentimiento es el temor a perder pie, a caer, a hacer el ridículo, a defraudar, a no estar a la altura. La altura complica las acciones más simples… No es inusual que el temor a perder pie les empuje a adoptar una posición defensiva y les haga peores”.

“El poder, además, envanece… basta con conceder a alguien un gramo de poder para que, a menos que posea la inteligencia y la humildad necesarias para evitarlo, se sienta al instante superior a los que le rodean… Nada más fácil para quien lo ejerce que confundir poder con grandeza y creerse dotado de unas cualidades –inteligencia, encanto, capacidad de persuasión- que le confieren un derecho personal al liderazgo. Esta sensación de superioridad, esta inflamación de la vanidad (es) una droga que crea una adicción casi inmediata, que exige dosis crecientes, que cuando falta produce un síndrome de abstinencia devastador”.

“Todo el que llega al poder, a cualquier índole de poder, si es inteligente sabe que lo debe en una parte nada desdeñable al azar… Sin embargo, los interesados suelen olvidar enseguida la intervención del azar y persuadirse de que, si han llegado donde han llegado, ha sido por su propio pie y merced a una combinación de cualidades que el nombramiento no ha hecho más que confirmar”.

“Desde sus poltronas, las cosas se ven de otro modo. Si no tienen una personalidad muy sólida, su visión del mundo y su escala de valores irán cambiando poco a poco… El sentimiento de superioridad les distanciará de los demás y tenderán a confundir su persona con la organización que dirigen y a creerse invulnerables”.

“La vanidad nubla la inteligencia con toda suerte de interferencias emocionales. Impide escuchar a los demás como es debido, y quien no escucha bien se aísla y deja de contar con datos indispensables para su labor. Desenfoca los problemas, al situar al propio ego en el centro de la imagen. En los casos más agudos, llega a infantilizar a los que la padecen. Personas que, por la elevada responsabilidad de sus cargos, deberían ocuparse serenamente de dirimir cuestiones de gran calado, pierden el tiempo y las energías luchando por nimias cuestiones de precedencia o acechando imaginarias faltas de respeto”.

“El proceso de toma de decisiones de los Gobiernos es por lo menos tan caprichoso y tan imprevisible como el de cualquier otro colectivo, porque en él intervienen personas cuyas circunstancias, particularidades y obsesiones pesan tanto como pesarían en otro lugar… con frecuencia, el éxito de una acción no depende tanto de la sabiduría o tino de quien la lleva a cabo como de la fortuna, del azar. La meteorología política es tan cambiante como la atmosférica, e igual de imprevisible… Todos aprenden muy pronto que casi siempre, quien resiste vence”.

“Creemos que, porque son poderosos, los gobernantes tienen más capacidad que los demás para dirigir los asuntos públicos. Pero no siempre es así. Si hay suerte, pueden tenerla, pero también puede ocurrir lo contrario. Como señaló H. L. Mencken, los gobernantes, de media, no poseen un talento especial para gobernar; poseen únicamente un talento especial para alcanzar el poder y conservarlo, que no es lo mismo”.

“Cuanto más poderosa se siente una persona, más fácil es que, en vez de meditar cuidadosamente sus decisiones, saque conclusiones precipitadas de la información de que dispone, aunque sea incompleta, y se deje llevar por la intuición. De forma inconsciente, tiende a pensar que si ha sido elegida para el puesto que ocupa es porque vale para ello”; y citando de nuevo a Mencken: “para cada problema complejo hay una solución clara, fácil y equivocada. Se olvida que las cuestiones complicadas rara vez admiten respuestas simples y se tira por la calle de en medio. El cortoplacismo y el tacticismo hacen ver billetes donde sólo hay estampitas”.

“Puede parecer sorprendente, pero hay muchos políticos a los que no les gusta de verdad ejercer el poder. Les gustan los aplausos y los honores, les gusta mandar, intrigar, figurar, les gusta el prestigio que el poder confiere. Les fascina el juego de la política, el incesante movimiento de pactos, entendimientos, conspiraciones que conlleva… Pero cuando tienen que asumir su responsabilidad, se paralizan”.

Resulta llamativo que un poder tan doméstico como el que conlleva el desempeño de nuestros cargos corporativos pueda producir efectos similares a los que se exponen en los párrafos precedentes. Y huelga decir que la grave situación por la que atraviesa el notariado no invita precisamente a considerar con benevolencia en nuestros representantes este tipo de vanidades y solaces, por humanos que sean.

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4 Responses to "Las Leyes del Castillo"

  • Daño moral
    26 febrero, 2015 - 19:25 Reply

    También uno de los últimos presidentes alegó el padecimiento de un daño moral para justificar la percepción de unas compensaciones institucionales que, al no poder ser retributivas, tenían que pasar por resarcitorias de los perjuicios sufridos en el ejercicio del cargo. Y parece ser que se está pretendiendo volver a plantear en el consejo el tema de la compensación por el daño que sufren los de la comisión permanente por su dedicación a la causa común. Desde luego que sería de desear que tal cuestión se planteara de una vez ante todos los notarios con transparencia y objetividad. En todo caso, debería establecerse la regla de que tal daño moral (en lo que quiera que consista, y si alguno vuelve a alegarlo) quede automáticamente compensado con la satisfacción de la vanidad que, por lo visto, procura el ejercicio de los cargos.

  • Notari II
    26 febrero, 2015 - 22:55 Reply

    Las cuitas del CGN ocupan demasiado tiempo y espacio en las discusiones de los Notarios cuando , en realidad, no son sino manifestaciones palpables de la decrepitud corporativista del colectivo.
    Lo peor es que no se avista ninguna alternativa a esta cuesta abajo sin solución a la que nos van, poco a poco, empujando. El Notariado latino pasa por momentos de verdadera angustia- ahí está la Ley Macron en Francia y la última iniciativa legislativa del Sr. Renzi en Italia- No hemos tenido, no ya información adecuada, que nunca facilita el CGN, sino un plan adecuado para adaptar el Notariado a las nuevas exigencias sociales de competencia, coste, accesibilidad, NNTT etc… Sin embargo no faltan energías ni dinero para seguir con luchas cainitas que son seguidas con sorna y aprovechamiento por los que, con regulador secuestrado, van esquilmando lo que queda del Notariado español.
    El tiempo se nos va agotando, si es que no lo ha hecho ya mientras el CGN se divierte con lo suyo.

  • Arcoiris
    27 febrero, 2015 - 13:35 Reply

    No me ha quedado claro qué es lo que quiere en concreto el autor; o quizá simplemente se trate de una reflexión en voz alta hecha por alguien que quiere mostrar su disconformidad en general por todo, que por otra parte no comparto. ¿Qué es lo quiere en concreto?
    Convendría una reflexión ¿Se trata de hacer daño al notariado o se pretende mejorar?

  • Fernando Olaizola
    28 febrero, 2015 - 09:52 Reply

    Estimado Arcoíris:
    ¿De donde sacas que yo estoy “disconforme en general con todo”?. El post se refiere a una cuestión concreta y al funcionamiento de un órgano determinado. Y puesto que no compartes lo que en el mismo se dice, hay que entender que tú estás conforme y contento con la manera en que funciona nuestro Consejo, ¿no?.
    Convendría una reflexión: la generalización de una actitud conformista e incomprometida, especialmente en los tiempos que corren, ¿beneficia o perjudica al notariado?
    Un saludo.

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